Historia

Los orígenes de Montoro

La peculiar situación geográfica donde se enclava Montoro ha favorecido el continuo asentamiento humano dentro de los límites de lo que hoy es la ciudad histórica desde momentos previos a la segunda mitad del siglo XII a.C. Este hecho ha sido demostrado por medio de las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en el Llanete de los Moros, uno de los promontorios que, junto al Cerro del Palomarejo, se elevan dominantes sobre el Guadalquivir.

Las excavaciones llevadas a cabo en la década de los 80 pusieron de manifiesto un asentamiento que se inicia en el periodo final de la Edad del Bronce (XIII a.C. – VIII a.C.) y se consolida en el periodo orientalizante (VIII – VII a.C.). Sin duda alguna, esta situación elevada, con fácil acceso a los recursos hídricos y al control territorial promovió el establecimiento de un importante núcleo ibero-turdetano. La riqueza de este asentamiento se deja ver en los objetos de lujo exhumados de estos niveles (un peine de marfil decorado, cerámica de engobe rojo, ungüentarios, etc.) producto de los intercambios comerciales entre la sociedad indígena y la colonial (fenicios, griegos y cartagineses).

El custodio de este patrimonio arqueológico es el Museo Arqueológico Municipal de Montoro, aunque también se conservan y exponen piezas de este término en el Museo Arqueológico Provincial de Córdoba.

El legado romano

La secuencia arqueológica continúa en época ibérica para enlazar con la romanización, asentándose la cultura romana sobre la población que, ya en esta época, era conocida como Epora. El topónimo significa en lengua griega “veedor”, en alusión a su privilegiada situación sobre el Guadalquivir.

La romanización del enclave se inicia a fines del siglo III a.C. con la participación de la población primitiva de Epora en las guerras entre romanos y cartagineses, tomando partido a favor de Roma. Esta actuación motivó las relaciones entre el pueblo romano y el indígena, terminando todo ello en la firma de un tratado de alianza (foedus) con Roma hacia el 206 a.C. Con ello, Epora ganaba el estatus de civitas foederata, reconocimiento jurídico del que en ese momento gozaban únicamente Gades y Malaca en la Bética.

La Epora romana de los siglos II y I a.C. se asentó básicamente sobre los mismos núcleos urbanos existentes en el Llanete de los Moros y el Palomarejo para, con posterioridad, ocupar todo el territorio circuncidado por el meandro del río, incluyendo parte de la Sierra.

Haber tomado parte a favor de César en las guerras contra Pompeyo permitió a los habitantes de Epora seguir gozando de esa excelente relación con la metrópoli. Esa opulencia y bienestar social queda manifiesta en el gran número de familias ilustres que la habitaban (Emilios, Cornelios, Julios, Claudios, Fabios, etc.). En época de Augusto gozará Epora del estatus de ciudad confederada y aliada con Roma.

Sin duda el siglo I d.C. es el momento de la urbanización y monumentalización del núcleo urbano. Prueba de ello son los restos arqueológicos de este momento (basas, fustes y capiteles, aras e inscripciones de mármol) que se custodian en el Museo Arqueológico Municipal. A partir de este momento, Epora tuvo ceca propia y se le permitió acuñar moneda donde se reflejaba el nombre de EPora.

Su situación estratégica junto al río Baetis hizo a Epora convertirse en punto de referencia dentro del trazado de la Vía Augusta, la gran red de comunicaciones de la Bética. Los Vasos de Vicarello y el Itinerario de Antonino Pío nos indican la distancia entre Corduba y Epora así como la existencia de un Ad lucos (lugar de descanso) en las cercanías de la población.

La Vía Augusta entraba en la provincia de Córdoba cruzando el puente romano existente en Villa del Río, sobre el arroyo Salado, llegando a Epora por el Camino o Colada de los Almendros. Desde allí tomaba el camino de la Barca de Adamuz en dirección a Sacili Martialium (término municipal de Pedro Abad). En el término de Montoro se pueden contemplar restos de la calzada romana en muy buen estado de conservación, siendo del tipo glarea strata (empedrada con guijarros o cantos de pequeño tamaño).

Otra importante vía de comunicación existente partía desde Epora hacia las poblaciones del Valle de los Pedroches como Solia y Baedro.  En origen, debió de tratarse de una vía de carácter vecinal y de cuyo mantenimiento se encargaron los municipios de Epora y Solia, seguramente con la finalidad de comunicar zonas de producción metalúrgica. Al igual que la Vía Augusta a su paso por Epora, la Vía EporaSolia era del tipo glarea strata. En esta ruta se conserva un puente del siglo I d.C. de pequeñas dimensiones, construido mediante un arco de medio punto y por donde discurre la calzada pavimentada.

La economía de Epora se sustentaba en el cultivo del  olivo y los cereales, la ganadería extensiva, la caza (en la sierra) así como la explotación de las minas de cobre y plomo situadas en los parajes de La Chaparrera, El Retamoso y El Romeral.

Edad Media y Moderna

Escasa documentación arqueológica y documental nos ha sido legada sobre las transformaciones que pudieron haber modificado el entramado urbano de Epora con la cultura visigoda y la posterior ocupación musulmana de la Península Ibérica. Los testimonios visigodos se circunscriben a contextos de explotaciones agrícolas alejados del núcleo urbano, como producto del proceso de ruralización que ya venía produciéndose desde el Bajo Imperio.

Con la ocupación árabe la población pasa a denominarse Kántar-Estesan (en alusión a la existencia de un puente), se reedifica el recinto amurallado y se construye una alcazaba en lo que hoy es la Plaza de Santa María de la Mota. La conquista de la ciudad se produce – tras algunas incursiones bajo el reinado de Alfonso VII – en 1240 por Fernando III el Santo, formando parte de la Corona de Castilla.

Bajo la jurisdicción de Córdoba se mantiene hasta que, en 1660, pasa a manos del Marqués de El Carpio. En 1662, Felipe IV erige la villa en ducado y en 1668 se una a la Casa de Alba, aunque esta casa aristocrática solo tendrá jurisdicción sobre una serie de actividades: civil y criminal, derechos de alcabalas, nombramiento de corregidor y escribanía.

Es, sin duda, durante la Edad Moderna, sobre todo entre los siglos XVI al XVIII, cuando Montoro inicia una intensa labor constructiva y urbanística. De esta época son los edificios más emblemáticos de la ciudad: el Puente Mayor, las Casas Consistoriales, Iglesia de San Bartolomé, Casa Tercia, etc.). Este apogeo constructivo va aparejado de la instalación de grandes latifundios dedicados al cultivo del olivar, la vid y los cereales.

El Montoro contemporáneo

Durante la Guerra de la Independencia, los lugareños jugaron un importante papel en la sublevación española contra los franceses mediante levas de soldados, material militar y proporcionar amparo a los soldados días previos a la Batalla de Bailén. Fernando VII reconoció la acción patriótica de los montoreños concediéndoles el título de Ciudad con los epítetos “Noble, Leal y Patriótica”, el 8 de Agosto de 1808. Este reconocimiento permite al Ayuntamiento el uso de maceros en actos civiles y el tratamiento de señorías a los ediles de la corporación.

La Guerra Civil Española dejó tocado de gravedad el urbanismo y el patrimonio artístico de Montoro, destruyéndose la práctica totalidad de las imágenes religiosas durante los primeros días de la contienda y sufriendo graves destrozos el patrimonio arquitectónico de la localidad, civil y religioso, por las continuas escaramuzas.